El Mejillón

© Oriol García Rovira

Para Toni Rivas


Cojo tres folios y empiezo a garabatear un diálogo lacónico, de los que me gustan, porque no podría atribuirse a ninguna persona en concreto pero podría atribuirse en general a todas las personas.

- ¡María!
- ¡Elena!

Hay algo que no funciona bien. La punta del bolígrafo atraviesa la hoja y avanza con un sonido discordante sobre la madera de la mesa. Eso,claro, descentra a cualquiera. Por tanto miro a lo largo y ancho de mi desordenado salón en busca de un soporte que elimine la fuente de tal inquietud. Mis ojos se posan ni más ni menos que en el segundo volumen de las Obras Completas de Jorge Luis Borges editadas por el Círculo de Lectores en 1997. Está encima del televisor, justo donde lo dejé hace apenas tres semanas. Vuelvo a tomar asiento, doblo mis folios, los cuadro sobre la portada y empiezo a garabatear mi visión del mundo, una historia más o menos estupenda sobre dos amigas que se conocieron en Cornella del Vallès a la tierna edad de nueve años y es que cuando tenían ocho no iban a la misma clase pero al cumplir nueve coincidieron en 4ºA y desde entonces lo hacían todo juntas. Se aburrían a muerte en clase de historia mientras el profesor, el Señor Don Pablo, pura caspa hija, les explicaba la decadencia de los imperios, el advenimiento de los Borbones, la proclamacion de la primera república, la muerte de Franco, la buena de la transición, y dale y arriba y abajo, como se aburrían tanto pues arrojaban al cogote de otros niños papelitos en los que estos leían absortos la palabra beso. Deambulaban por el recreo recortándose más y más la falda a medida que crecían y empezaron a fumar y todo eso. Qué divertida la vez que diseccionaron juntas un mejillón en clase de biología mientras una lo sujetaba abriendo las dos placas con las yemas de los dedos para mancharse solo lo estrictamente necesario y la otra identificaba los distintos órganos con la ayuda de un lápiz mordisqueado, como si lo subrayaran.

- Qué asco, ¿recuerdas?
- Ay sí, qué asco.

Estaban tan unidas que forjaron un solo sueño compartido, marcharse a vivir a Barcelona cuando fueran mayores. Fue allí donde sus caminos se separaron con una lentitud subrepticia que no supieron o no pudieron corregir a tiempo, ávidas como estaban por disfrutar en sus propias carnes y no en las de su amiga íntima de las novedades de la urbe. Elena y María dieron en estudiar, respectivamente, económicas y empresariales, lo cual supuso el comienzo del fin porque en una sociedad tan especializada como la nuestra estas sutiles diferencias se agrandan mucho con el paso de los años.

Se echaron de menos durante mucho tiempo de manera vaga, y el día menos pensado, de tanto esperar un reencuentro, este tuvo lugar delante de un quiosco barcelonés en el que las manos de ambas, arrugadas por el paso de los años, se posaron sobre el mismo ejemplar de una conocida revista para amas de casa.

- ¡María!
- ¡Elena!

Fueron a un bar a hablar de los viejos tiempos. Reflejándose mutuamente en las pupilas de la otra se sentían como rejuvenecidas, se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común como por ejemplo una vida en perpetua decadencia, el número de hijos, las mechas naranjas del flequillo y el moratón azul que asomaba por detrás de las gafas de sol de Elena, tan evidente como un charquito azul tatuado sobre la piel. Así que tampoco hablaron mucho de las cosas que tenían en común. Prefirieron hablar sobre la primera vez que entraron en una discoteca con un carnet falso y de cómo tonteaban con los chicos porque como los chicos eran bastante tontos por aquel entonces pues había que tontear con ellos, si es que es de cajon. Bailaban juntas y hacían como que no se daban cuenta de que 6 ó 7 niños acordonaban la zona con una sonrisa imprecisa, bailando, por cierto, muy mal. Era tan divertido irse de repente a la otra punta de la sala de baile, evadirse del círculo de admiradores, dejarles alli plantados bailando todavía y mirándose como tontos traicionados a medida que el círculo se diluía, uno se iba a la barra a tomarse un cubata, otro se encendía un cigarrillo, un tercero corría a saludar estentoreamente a un amigo imaginario, el círculo se diluía, tan solo para formarse de nuevo en torno a las dos chicas poco después, que por tanto se habían desplazado en vano pero con mucha gracia todo hay que decirlo.

Y aquel día tan genial en que se separaron para ver qué pasaba, para que los niños se devanaran un poco la cabeza , y los pobres niños ( porque eran siempre los mismos, ¿recuerdas el rubio con pecas? ¿el tuyo no? sí, qué gracia ) no sabían qué hacer, si ir en pos de la una o en pos de la otra pero que al final hicieron las cuentas y se dieron cuenta de que tendrían que dividirse en dos grupos, así que cuatro siguieron a Elena y cuatro a María y muy muy bien no recuerdan lo que les decían, porque como hacía tanto ruido, pero sí que María estaba en la barra bebiendo un Martini con limón, lo recuerda con nitidez porque fue lo que le dijo el rubio después de cerrar los ojos, abalanzarse sobre ella poniendo la mano en su cintura y besarla, ante el asombro tanto de María como de los otros integrantes del cerco de chicos, decididamente faltos del mismo grado de audacia erótica, que optaron por hacer como que no estaban allí, apoyando los codos sobre la barra y mirando o bien la sala de baile o bien al frente, donde estaban ahiladas sobre dos estantes las botellas de alcohol y de refrescos.

Elena dejó los ojos abiertos todo el rato, casi tan abiertos como la boca en que acogía por primera vez la lengua del niño rubio, que luego sería su novio formal en la discoteca durante tres o cuatro meses, a la que ambos acudían puntualmente para besarse. Pero esa primera vez fue tan divertida porque no sabía si lo estaba haciendo bien, simplemente abrió la boca y le dejó hacer. Luego ya apredió a intervenir más, jugaban a las enredaderas y supo lo que en realidad era besar. Pero recuerda la lengua aquella primera vez entrando en su boca y rastreándola, como si su boca fuera una madriguera y sus ojos abiertos los ojillos sorprendidos del animal que vivía dentro de esa madriguera.

Pues claro que María lo recuerda, ella sí cerró los ojos, fue más gradual , de entre los cuatro chicos que la rodeaban se quedó poco a poco con uno que bailaba la mar de bien y fueron acercándose el uno al otro hasta tocarse y claro, besarse, pero de cuando en cuando los entreabría para mirar a Elena aunque sólo fuera de soslayo, menuda cara que tenías, porque le hacía mucha gracia la expresión bizca, asombrada, que ponía Elena, claro, besar con los ojos abiertos es ridículo, ni se puede ver a dos metros de distancia ni se puede descifrar en la cara de la persona que se pega a tu cara más que una confusa masa de rasgos. Desde luego hay que cerrar los ojos. Eso lo comprendió Elena desde el primer momento.

- Qué recuerdos, ¿no?
- Sí, ¡qué cosas!

Luego siguieron hablando durante dos o tres cafés de aquellos tiempos hasta marcharse a casa prometiendo volver a encontrarse próximamente. No pudo ser porque Elena y María se olvidaron de darse los teléfonos o las direcciones y como tenían muchas vicisitudes como hijos y eso a las que atender pues se fueron acostumbrando mal que les pesara a la nostalgia de la amiga extraviada en el tráfago diario.

Menos mal que tuvieron la buena suerte desde el punto de vista narrativo de volver a encontrase por última vez a una edad en que estas cosas de la edad ya no se comentan

- ¡María!
- ¡Elena!

en una residencia para gente mayor que había, no en Cornella misma sino saliendo hacia Molins de Rei y en la que habían ingresado por mediación de los hijos, alguno de los cuales acudía a visitarles desde Barcelona cada tres o cuatro fines de semana. Se encontraron en el salón recreativo a los pocos dias de ingresar Elena y al verse partieron rápidamente del grito de reconocimiento a comentar la última vez que se habían visto hacia tanto tiempo y recordaban vividamente que hablaron del chico rubio con pecas y de la primera vez y de otras cosillas. Luego quisieron saber sentándose en un sofá algo así como en líneas generales qué les había pasado en la vida, pero la pregunta era absurda y como al poco rato salió el tema espinoso que quisiera o no siempre le salía a María a los pocos minutos de hablar de la vida en general, lo de la muerte de uno de sus hijos, pues un poco fueron abandonando el tema de la vida y se dedicaron a charlar de su adolescencia en común.

A la mañana siguiente durante el desayuno no hablaron del niño rubio con pecas porque Inés no se acordaba en absoluto de él así que hablaron de la decadencia de los imperios que nacían, crecían, se reproducían y morían según el pesado del señor Don Pablo, qué casposo hija, y del mejillón aquel que les dejaba manchadas las manos y que tenía tantos organos para ser tan pequeñito y de los niños a los que traían locos de remate con los mensajitos y paseando como locas por el patio. Hasta que un buen día en plena remembranza Elena le preguntó a María.

- ¿ Quién es usted ?

Murieron tres o cuatro meses más tarde, con una diferencia de pocos días. Como la muerte es un pañuelo supongo que se encontraron más adelante. Pero yo todavía no estoy en disposición de narrar ese último encuentro. Aunque prometo antenerles informados en próximas entregas.

Cuando termino el cuento corro al teléfono, llamo a un amigo a quien siempre utilizo como lector sacrificado de todo cuanto me va saliendo. Se lo leo.

- Un poco borgiano, ¿ no ?
- ¿Borgiano?
- Me huele a Borges, ya sabes, la memoria, el azar, eso.
- ¿ Y el mejillón que ?
- Ya pero en esencia...

Seguimos hablando durante mucho rato de Borges porque a él le gusta mucho y a mí también. Parece ser que en realidad me ha salido una historia sobre el destino, que es la muerte. Me voy a la cama con un orgullo que tiene un queseyó de extraño.


- ¡María!
- ¡Elena!